Un corazón humilde delante de Dios


 Jesús contó una parábola para mostrar dos maneras muy diferentes de acercarse a Dios en oración.

La historia comienza con dos hombres que suben al templo a orar. El primero era un fariseo, miembro de un grupo religioso conocido por su estricta observancia de la ley. El segundo era un recaudador de impuestos, una profesión despreciada por el pueblo, ya que muchos de ellos eran conocidos por abusar de su posición.

Ambos hombres estaban en el mismo lugar y, aparentemente, haciendo lo mismo: orando. Sin embargo, sus corazones eran completamente distintos.

El fariseo oraba con orgullo. En lugar de pedir misericordia, enumeraba sus buenas obras y se comparaba con los demás. Su oración no expresaba la necesidad de Dios, sino la confianza en su propia justicia.

En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia. Ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo. Sino que se golpeaba el pecho y decía:

“¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” (Lucas 18:13, NVI).

Entonces Jesús concluye con una enseñanza sorprendente:

“Les digo que este y no aquel volvió a su casa justificado ante Dios” (Lucas 18:14, NVI).

La diferencia entre ambos hombres no estaba en sus palabras, sino en la actitud de sus corazones.

Dios no busca oraciones impresionantes ni discursos elaborados. Él busca corazones humildes que reconozcan su necesidad de gracia. Cuando nos acercamos a Dios con orgullo, confiando en nuestra propia justicia, cerramos la puerta a su obra en nosotros. Pero cuando nos acercamos con humildad, reconociendo nuestra necesidad, encontramos misericordia.

La oración verdadera comienza cuando dejamos de justificar nuestras acciones y comenzamos a depender completamente de la gracia de Dios.

Tal vez hoy necesitas acercarte al Señor con la misma sencillez. No con palabras perfectas, sino con un corazón sincero.

Dios siempre recibe a quienes se acercan a él con humildad de corazón.

Oración

Padre celestial, hoy vengo delante de ti con un corazón humilde. Reconozco mi necesidad de tu gracia y de tu perdón. Enséñame a depender de ti cada día y a acercarme siempre, con sinceridad, a tu presencia.

En el nombre de Jesús.

Amén.

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