Cuidado con la arrogancia
No recuerdo el incidente en específico. No recuerdo las palabras exactas habladas ni siquiera las caras de quienes las dijeron. Pero sí recuerdo la sensación. Recuerdo estar en el patio de recreo de la escuela cuando era niño y me preguntaba cómo alguien podía ser tan terrible como para hacerme sentir pequeño sólo para poder sentirse grande. Recuerdo el dolor de ser menospreciado, disminuido, cómo me hizo sentir menos que los demás —todo para que otros niños pudieran sentirse superiores a mí—. Es un sentimiento que, una vez experimentado, nunca te abandona por completo. Lo que me sorprende ahora, décadas después, es que no fue necesario que nadie les enseñara a aquellos niños a comportarse así. Ningún padre les explicó la mecánica de derribar a alguien para sentirse fuerte. Esta tendencia humana de ensalzarnos a nosotros mismos a costa de los demás parece surgir de forma natural, instintiva. Y a menos que alguien intervenga para corregir este comportamiento, para mos...