El peligro de orar mientras se peca
Adormecer la
conciencia no exige dejar de asistir a la iglesia; solo exige aprender a orar
mientras se miente.
Caleb Flynn y
Alleigha Botner no son dos personas ajenas a la fe cristiana cuyas conductas
estamos mirando desde el celular o el televisor. Ambos han sido reconocidos
públicamente por su fe y pertenecieron al ministerio de adoración de su
congregación. Ashley también formaba parte de esa comunidad. Y hoy, el mundo
está hablando de ellos.
Caleb Flynn está
acusado de haber asesinado a su esposa y de haber simulado un robo para ocultar
el crimen; se ha declarado no culpable y le corresponderá al jurado determinar
esa responsabilidad. No a mi. Pero hay cosas que no necesitan esperar por ese veredicto.
Voy a hablar de
este caso como profesional del comportamiento humano pero también como iglesia.
Porque me niego a creer que somos cuerpo solamente cuando el cuerpo está en
salud.
(Y aclaro: este
no es no un escrito para lograr que todo el mundo llegue al último párrafo. Es
un texto que necesita conservar suficiente camino para que quien llegue hasta
allí entienda por qué terminó allí. No voy a mutilarlo para hacerlo más
digerible. El que necesite detenerse antes, se detendrá).
En este tipo de
casos no creo que la iglesia deba guardar silencio simplemente porque la
justicia civil está haciendo su trabajo. Aquí el adulterio existió. El engaño
existió. El ocultamiento existió. Y quienes participaron de ello lo han
reconocido bajo juramento.
Uno de los
relatos más duros de las Escrituras está en 1 Corintios 5 y me resulta
particularmente incómodo aquí: frente al pecado de inmoralidad sexual dentro de
la comunidad, Pablo no pidió silencio o indiferencia. Y Gálatas 6 tampoco nos
permite mirar desde un pedestal: si alguien es sorprendido en una falta, llama
a restaurarlo con mansedumbre, “considerándote a ti mismo, no sea que tú
también seas tentado”.
Ahí encuentro el
lugar desde donde voy a mirar. No para esconder, no para justificar y no para
apedrear, sino para observar, aprender y mirarnos.
Si usted ha
seguido este juicio, probablemente ha sentido coraje. Un coraje amargo que se
nos atraganta en la garganta.
Caleb, estando
casado con Ashley y criando a sus dos hijas, sostuvo durante aproximadamente
año y medio una relación fuera del matrimonio con Alleigha. Se encontraban a
escondidas, tomaban medidas para no ser descubiertos y llegaron a hacerse el
mismo tatuaje: ella en un lugar visible; él debajo de la axila, bien escondido
donde Ashley no pudiera verlo. En el tribunal se han presentado más de 100,000
comunicaciones o mensajes. Hay conversaciones horribles, desprecio hacia
Ashley, planes de un futuro juntos y hasta expresiones sobre su muerte.
Pero en medio de
todo eso hubo algo que me produjo una incomodidad mucho más profunda:
Dios estaba
siempre mencionado en sus mensajes…
En esos
intercambios oraban. Hablaban de haber hecho 40 días de ayuno, de Jesús, de
buscar dirección, sabiduría y de liberación. Dios seguía apareciendo en el
lenguaje de aquella relación. Y ahí fue donde este caso dejó de ser para mí
solo un titular de prensa.
Inevitablemente
me hice preguntas:
¿Cómo puede una
persona mencionar a Dios mientras sostiene una conducta que contradice
abiertamente lo que sabe que Dios ha dicho?
Como profesional
del comportamiento humano y como creyente, conozco dos lenguajes distintos que
aquí necesito poner a conversar: el teórico y el de la Palabra.
Desde el
comportamiento humano, hay procesos que nos ayudan a entender cómo ocurre este
colapso. Deme la oportunidad de mencionarle algunos:
1. La disonancia
cognitiva: Aparece cuando lo que hago entra en conflicto con lo que creo o con
la persona que creo ser. Esa contradicción produce una tensión interna. Puedo
resolverla cambiando mi conducta... o puedo mantener la conducta y cambiar la
forma en que me la explico.
2. La
racionalización: Si no quiero cambiar lo que hago, cambio la historia que me
cuento. Caleb hablaba de cuánto había intentado que su matrimonio funcionara
mientras sostenía la otra relación. La narrativa hacía más tolerable la
contradicción: “Yo lo intenté, esto no funcionó, necesito ser libre”.
3. La
compartimentalización: Dividir la vida en “cajones” para sostener cosas que,
puestas una frente a la otra, serían irreconciliables. Caleb y Alleigha podían
servir en el ministerio de adoración el domingo mientras, fuera de allí,
mantenían a escondidas su relación adúltera. No habían dejado de hablar de
Dios; la relación prohibida y la vida espiritual estaban ocurriendo a la vez.
4. La
habituación: Lo que al principio produce vergüenza, culpa o conflicto, con el
tiempo y la repetición deja de doler. La conciencia se va adormeciendo.
Hasta aquí, lo
teórico nos ayuda a explicar el proceso mental. Pero llega un momento en que,
como creyente, tengo que dejar que me hable la Escritura. Porque perder la
sensibilidad espiritual no es olvidar la Biblia; es algo mucho más serio: saber
que la Palabra identifica una conducta como pecado y aprender a continuar en
ella a pesar de saberlo.
La Biblia usa
palabras fuertes para la transgresión consciente o seguir en pecado a sabiendas
de que sé que estoy pecando. Una de ellas es Prevaricación. Ya no estamos
hablando solo de una mente resolviendo una tensión psicológica; estamos
hablando de una postura moral: “yo sabía, y decidí seguir”.
Explicar una
conducta no es excusarla. Pero sí ayuda a entender cómo alguien puede llegar a
vivir dentro de una contradicción sin que esa contradicción le impida
funcionar. Y eso es lo verdaderamente peligroso: no siempre resolvemos nuestras
contradicciones; a veces aprendemos a convivir con ellas.
Ahí es donde la
historia de Caleb deja de ser solo de él.
Porque si estos
procesos son humanos, ya no puedo quedarme preguntando: ¿cómo Caleb Flynn pudo
llegar a eso? Tengo que voltear el bisturí: ¿qué podría estar sosteniendo en mi
vida que la Biblia llama pecado, y qué cosas me he tenido que decir a mi misma para
poder seguir hablando el lenguaje de la fe?
Pensé en Caín.
Casi siempre nos enfocamos en el momento en que Abel ya estaba muerto en el
suelo. Pero Dios no esperó a la tragedia para hablar con Caín: le habló ANTES,
cuando Abel todavía estaba vivo. Le preguntó por su rostro desencajado y le
hizo una advertencia de pura misericordia: “El pecado está a la puerta”. Había
una puerta, y Caín todavía podía decidir no cruzarla.
Ahí apareció la
palabra más inquietante de todo este análisis: Sensibilidad.
Perder la
sensibilidad espiritual no es dejar de ir a la iglesia; es seguir sabiendo que
estoy haciendo algo que no es correcto y dejar de estremecerme. Es seguir
orando, sirviendo, cantando y hablando de Dios, mientras alimentamos aquello
que antes nos producía convicción de pecado.
Como evidencia,
uno de los mensajes atribuido a Caleb Flynn es:
“I’ve eliminated
the Lord from every possible area of my life as I knew if I let Him lead, it
would mean letting go of you.”
Traducido
bastante literalmente:
“He eliminado al
Señor de cada área posible de mi vida porque sabía que, si permitía que Él
dirigiera, significaría dejarte ir.”
Y junto a ese
aparece otro:
“I need the Lord
to deliver me and I need you.” (“Necesito que el Señor me libere y te
necesito.”).
Por eso Santiago
me incomodó todavía más: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en
vuestros deleites”.
Caleb y Alleigha
hablaban de oración, dirección y liberación mientras esperaban una salida que
les permitiera estar juntos. Ellos no necesitaban una nueva revelación para
saber si el adulterio estaba bien o mal: Dios ya había hablado. Sin embargo,
parecían buscar la bendición de Dios para una salida que les permitiera
conservar precisamente lo que Dios les pedía entregar.
Y esa pregunta
nos devuelve la mirada a todos: ¿cuántas veces digo que estoy buscando la
voluntad de Dios cuando realmente estoy esperando que Dios encuentre una manera
de concederme la mía?
De repente, el
juicio de Caleb Flynn se convirtió en un espejo y seguían más preguntas, pero
dirigidas hacia mi:
¿Dónde está mi
puerta hoy? ¿Qué estoy justificando? ¿Qué cosa que antes me producía convicción
hoy me parece normal? ¿Busco a Dios para que cambie mi corazón o solo para que
me dé la razón?
Aquí es entonces
que las Escrituras dan un giro precioso. Santiago no suaviza la confrontación,
pero tampoco nos deja tirados en ella. Escribe: “Pero él da mayor gracia”.
Ahí está la
Misericordia. Si leer esto le produce incomodidad, no corra a apagarla; esa
incomodidad es una Gracia. Significa que todavía estamos frente a la puerta y
que todavía podemos detenernos. Y si ya la cruzamos, Dios no nos llama a
construir una explicación mejor para quedarnos allí, sino a volver: “Acérquense
a Dios, y él se acercará a ustedes”.
Por eso no quiero terminar señalando a Caleb Flynn. Quiero legítimamente poner mi propio corazón delante de Dios:
“Señor, examíname. Si estoy llamando bueno a algo que Tú llamas
malo, muéstramelo.
Si estoy justificando lo que debería entregar, confróntame.
Si he construido una historia para poder vivir tranquila con
algo que Tú quieres arrancar de mí, derríbala.
Si estoy buscando personas que me digan solo lo que quiero
escuchar, interrúmpeme.
Y si algo todavía me incomoda porque está mal delante de Ti, no
permitas que aprenda a vivir cómodamente con ello.
Conserva mi sensibilidad. No me dejes a merced de mi propia
capacidad para justificarme.
Examina también mi voluntad: lo que quiero, lo que deseo, lo que
defiendo, lo que todavía no quiero soltar. No quiero reservarme ese último
rincón para decirte: “hasta aquí puedes entrar, pero esto lo decido yo”. No.
También eso te lo entrego.
Y si mi voluntad pelea contra la Tuya, no te pido fuerzas para
que gane la mía: que gane la Tuya. Aunque duela. Aunque no la entienda. Aunque
en este momento todavía quiera otra cosa.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” Amén.
Entonces…,
después de analizar todo lo que un corazón es capaz de justificar para no
soltar lo que le gusta, me queda una sola certeza: NINGUNO, NADIE, está exento
de perder la sensibilidad.
Por eso no pongo
mi fe en mi propia teología, ni en mis años de creyente, ni en mi capacidad
para hacerlo todo bien. Mi única seguridad es la Gracia que no me deja
tranquila cuando estoy equivocada.
Que este bisturí
y espejo no nos deje con las manos llenas de piedras, sino con las rodillas en
el suelo.
Porque frente a
la fragilidad humana, la última palabra nunca la tiene nuestra capacidad de
engañarnos... la tiene su gracia. Punto.
Por: Pastor Juan
Carlos Torres - 30/09/2026

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