Pon la otra mejilla
ME ENCONTRABA
FRENTE A UNA CONGREGACIÓN en una ciudad grande de Sudáfrica. Habían pasado seis
meses desde el 7 de octubre. Seis meses de una guerra que se convertiría en el
conflicto de mayor duración de la historia moderna de Israel. Seis meses
marcados por acusaciones de que Israel cometía genocidio, empleaba fuerza
excesiva y atacaba deliberadamente a mujeres y niños. Sin embargo, mi audiencia
no había caído en la propaganda. Quienes estaban sentados frente a mí habían
investigado sobre la situación. Conocían la verdad.
Aun así, cuando
llegó el momento de las preguntas, un joven se puso en pie y dijo, «Yo estoy
con el Dios de Israel. Sí, Hamás es malvado. Pero Jesús [Yeshúa] nos
enseñó a amar a nuestros enemigos (Mt 5:44) y a poner la otra
mejilla (Mt 5:39). Israel está haciendo lo contrario. Está
luchando contra sus enemigos en lugar de orar por ellos. Definitivamente, no
están poniendo la otra mejilla».
Ahí estaba: la
idea de que las acciones de autodefensa de Israel violan las enseñanzas del
Evangelio. Según este argumento, Israel debería haber respondido al ataque más
brutal desde el Holocausto —y a la amenaza constante de aniquilación por parte
de Irán— pasando por alto el derramamiento de sangre y las promesas de más
ataques violentos en el futuro, abrazando a sus enemigos y respondiendo
con un espíritu opuesto. En resumen, Israel debería haberse rendido dócilmente
en lugar de haber tomado las armas para defenderse.
Que no quepa duda: este argumento dista mucho de ser una idea marginal planteada por un cristiano aislado, ni se refiere exclusivamente a Israel, aunque últimamente se ha aplicado al estado judío con creciente frecuencia. En el fondo de la pregunta del joven subyace una inquietante contradicción que los cristianos de todo el mundo han reflexionado durante generaciones y que los teólogos han debatido durante aún más tiempo: ¿cómo conciliamos las enseñanzas de Jesús sobre el perdón, la paciencia, la mansedumbre y el poner la otra mejilla con las exigencias de la justicia, la legítima defensa y, en última instancia, la guerra? ¿Acaso Su mandato de amar a nuestros enemigos invalida automáticamente el uso de la fuerza para defendernos a nosotros mismos o a nuestros seres queridos frente a una maldad dañina o letal? ¿Y qué implica esto para los gobiernos en tiempos de guerra justa, cuando deben actuar en legítima defensa, contener una maldad letal o llevar ante la justicia a quienes perjudican a su nación?
Una bofetada, no
una espada
La cuestión de
la postura de Jesús sobre el uso de la fuerza alcanza su punto culminante en el
Sermón del Monte, donde proclamó una bendición para «los que procuran la
paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5:9), y enseñó: «Yo
les digo: no resistan al que es malo; antes bien, a cualquiera que te abofetee
en la mejilla derecha, vuélvele también la otra» (Mt 5:39).
A primera vista,
la conclusión parece tajante y definitiva. Sin embargo, leer las Escrituras a
través de nuestros lentes occidentales modernos sin comprender la cultura, la
tradición y el contexto del mundo en el que vivieron Jesús y Su audiencia a
menudo causa confusión y malas interpretaciones. Como resultado, muchas veces
vemos alegorías o metáforas en escenas que eran de conocimiento común para Su
audiencia pero que para nosotros olvidamos detalles de la antigüedad. Tal es el
caso de “poner la otra mejilla”.
En la cultura
judía del siglo I, una bofetada en la mejilla derecha era un insulto calculado,
destinado a humillar a alguien considerado inferior. Por ejemplo, un amo podía
abofetear a su siervo, o un soldado romano a un civil judío. El golpe se
propinaba con el dorso de la mano, transmitiendo un enorme desprecio.
En resumen, una
bofetada en la mejilla derecha era algo que la audiencia de Jesús veía en su
vida cotidiana, no una metáfora que Él empleara para referirse a una amenaza de
daño físico. Al instar a sus oyentes a poner la otra mejilla, Jesús les estaba
enseñando a pasar por alto la ofensa y resistir el deseo de
reaccionar a título personal cuando se hubiera insultado su orgullo o dignidad,
no a someterse pasivamente mientras alguien los masacraba a ellos o a sus seres
queridos.
Entonces, si el
Sermón del Monte no ofrece la regla de oro divina [trata a los demás como
deseas ser tratado] respecto al uso de la fuerza, la legítima defensa y, en
última instancia, las guerras justas, ¿qué lo hace?
Un Hombre de
Guerra
La Biblia a
menudo se refiere a Dios en términos militares. Por ejemplo, Adonai
Tzeva’ot —el “Señor de los Ejércitos”, uno de Sus nombres— aparece más
de 230 veces en las Escrituras. El significado literal en hebreo es “Señor de
los Ejércitos”, donde tzavá significa ejército y tzeva’ot es
su forma plural. Resulta interesante que las FDI [Fuerzas de Defensa de
Israel], o Tzva HaHaganá LeYisrael, compartan parte de su
nombre con el del Dios que prometió marchar al frente del ejército de Israel en
la batalla. Así, Adonai Tzeva’ot identifica a Dios como el
Señor de múltiples ejércitos o como el Señor de los ejércitos angelicales.
De manera
similar, Dios se describe a Sí mismo en términos militares, incluso como
comandante militar o guerrero. Entre los ejemplos se incluyen Éxodo 15:3: «El
Señor es fuerte guerrero; el Señor es Su nombre»; Josué
5:14: «... Más bien yo vengo ahora como capitán del
ejército del Señor»; y el Salmo 24:8: “¿Quién es este Rey de
la gloria? El Señor, fuerte y poderoso; el Señor, poderoso en batalla”.
La guerra es,
sin dudas, un tema central del Antiguo Testamento, y es evidente que Dios no
rehúye el uso de la fuerza. Sin embargo, existe una salvedad fundamental: la
violencia nunca es arbitraria, y el poder jamás se emplea para saciar la sed de
sangre, satisfacer la venganza o demostrar destreza. La justicia y la
misericordia de Dios, así como Su deseo de reconciliar a la humanidad consigo
mismo, a menudo exigen una acción decisiva, deliberada y —sí— incluso violenta
contra el enemigo. Las Escrituras dejan claro que el Señor de los Ejércitos
Celestiales se alza como un Guerrero únicamente para confrontar y erradicar el
mal.
En última
instancia, la guerra de Dios brota de Su justicia. Él se levanta para “hacer
justicia al huérfano y al afligido” (Sal 10:18). Y cuando Isaías contempla
a Dios avanzando “como guerrero” y despertando “Su celo como un
hombre de guerra”, Su propósito es establecer la justicia y la rectitud
(42:13).
Y ¿el Príncipe
de Paz?
¿Pero qué hay de
Jesús? ¿Seguramente el Príncipe de Paz nos ofrece, en el Nuevo Testamento, una
faceta de la divinidad más pasiva y pastoral que la del Señor de los Ejércitos
en el Antiguo Testamento?
Jesús mismo
disipa esa noción. Él no vino para destruir la Ley y los profetas sino para
cumplirlos (Mt 5:17), no para contradecir las Escrituras Hebreas sino para
mostrar de primera mano cómo interpretarlas y vivirlas diariamente. Además, «Yo
y el Padre somos uno» (Juan 10:30), enseñó Jesús, y agregó: «El que me
ha visto a Mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9b). Las Escrituras también
afirman la naturaleza inmutable de Dios (Mal 3:6, St 1:17) desde el principio
de los tiempos hasta sus capítulos finales, a través de testamentos, pactos y
generaciones.
En resumen: el
Señor de los Ejércitos, que no rehúye tomar medidas decisivas contra el mal
desde Génesis hasta Malaquías, es el Príncipe de Paz desde Mateo hasta
Apocalipsis —y más allá—. Y la misión de Jesús en el Nuevo Testamento refleja
claramente la de Dios en el Antiguo: justicia, misericordia y la restauración
de la humanidad mediante la confrontación y el desarraigo del mal.
Cuando la
corrupción profanó el Templo, Jesús no respondió con resistencia pasiva.
Fabricó un látigo y expulsó con firmeza a quienes habían convertido la casa de
Su Padre en un mercado (Juan 2:13-16). Sus acciones fueron deliberadas,
contundentes y sin vacilaciones.
Jesús nunca
condenó a aquellos cuyas vocaciones requerían el uso de fuerza letal. Cuando un
centurión romano —un comandante militar con autoridad sobre la vida y la
muerte— se acercó a Él, Jesús se maravilló de su fe y procedió a ayudarlo (Mt
8:10). La profesión del centurión nunca se presentó como incompatible con
seguir a Dios. Del mismo modo, cuando unos soldados acudieron a Juan el
Bautista preguntando qué exigía el arrepentimiento, él les indicó que actuaran
con integridad en el ejercicio de su vocación, no que abandonaran el servicio
militar (Lucas 3:14). Está claro que participar en acciones que implican el uso
de la fuerza no es intrínsecamente pecaminoso.
En vísperas de
su arresto, Jesús instruyó a sus discípulos: «El que no tenga espada, venda
su manto y compre una» (Lucas 22:36b). La espada —el equivalente en el
siglo I al arma corta actual— estaba explícitamente permitida para la defensa.
La lista continúa, pero la conclusión es clara: mediante Sus palabras y acciones, Jesús transmitió que confrontar y erradicar el mal implicaba una participación activa y, en ocasiones, el uso de la fuerza.
Una cuestión de
audiencia
Cabe hacer otra
distinción fundamental. Jesús enseñaba principalmente a personas, no a
gobiernos. Su mensaje no estaba dirigido a un nivel nacional, sino
interpersonal. La mayor parte de los Evangelios relata Sus palabras a personas
concretas que afrontaban decisiones personales: un joven gobernante rico, una
mujer sorprendida en adulterio, discípulos que luchaban por perdonar,
recaudadores de impuestos que buscaban la redención; todas ellas son enseñanzas
aplicables a Sus seguidores a título individual sobre cómo relacionarse con el
prójimo en un mundo caído. Sin embargo, solemos tomar enseñanzas dirigidas a la
conducta individual y aplicarlas directamente a la gestión gubernamental. “Pon
la otra mejilla” se convierte en política exterior. “Da a todo el que te pida”
se transforma en responsabilidad fiscal. “No juzgues” pasa a ser una reforma de
la justicia penal. Pero no podemos confundir ambos ámbitos. Jesús no ofrecía un
modelo sobre cómo debían los gobiernos administrar justicia entre las naciones.
Su enfoque era la santidad personal, no la política nacional.
La guía de Dios
para las naciones aparece en otras partes de Su Palabra. El apóstol Pablo
enseña que Dios otorga a los gobiernos y a los líderes terrenales la autoridad
para castigar el mal y defender la justicia. “Pues es para ti un ministro de
Dios para bien. Pero si haces lo malo, teme. Porque no en vano lleva la espada,
pues es ministro de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo”
(Rom 13:4). Es legítimo preguntarse si los gobiernos cumplen con esta
responsabilidad divina de contener el mal y mantener el orden social bajo leyes
justas. Sin embargo, esa no es la cuestión central aquí. El énfasis de Pablo es
claro: Dios estableció gobiernos humanos para administrar justicia entre las
naciones y entre los ciudadanos y las autoridades civiles. Estos líderes están
autorizados a usar la fuerza cuando sea necesario para contener el mal y hacer
que los infractores de la ley rindan cuentas. Cabe destacar que Pablo nunca
sugiere que los gobiernos deban simplemente poner la otra mejilla al
enfrentarse a actos ilícitos.
Jesús reconoció este principio al afirmar la legitimidad de que los gobiernos terrenales porten la espada: «Si Mi reino fuera de este mundo, entonces Mis servidores pelearían...» (Juan 18:36a). El sentido de Sus palabras es significativo: si Su reino funcionara según los principios terrenales, Sus seguidores tomarían las armas para defenderlo. La implicación es que los reinos de este mundo pueden legítimamente entrar en combate cuando la causa es justa y las circunstancias lo exigen.
Paz, paz
Según los
principales conjuntos de datos, el mundo atraviesa actualmente los niveles más
altos de conflicto armado de la era moderna. Las pruebas están a la vista de
todos. Los titulares de las noticias y las publicaciones en las redes sociales
dan un testimonio sangriento de la tragedia indescriptible, la angustia y el
sufrimiento que la guerra deja a su paso. Nadie puede enfrentarse a una
realidad tan desgarradora sin implorar: “¡Señor, danos la paz!”. Además, tal
carnicería puede llevarnos a cuestionar cómo el Príncipe de Paz puede ser
también el Señor de los Ejércitos, un hombre de guerra.
Quizás el
problema radique en que nos hemos perdido en la traducción. Vemos el
sufrimiento y creemos que la ausencia de guerra equivale a la paz. Vemos a
mediadores negociar alto al fuego y esperamos que actúen como artífices de la
paz, silenciando los aviones de combate y los misiles. Pero la paz no es la
ausencia de conflicto.
La palabra
bíblica para la paz, shalom, deriva de la raíz shalem,
la cual abarca la integridad, la restauración, la prosperidad y la plenitud,
además de la paz perfecta. Por tanto, la verdadera shalom no
es la mera ausencia de guerra; es la ausencia total del mal.
El conflicto que
vemos hoy es, en última instancia, la manifestación física de una realidad
espiritual: la caída del hombre, la enemistad, el pecado, el quebranto y un
enemigo que mata, roba y destruye. Este es el mal al que se enfrenta el Señor
de los Ejércitos. Contra esto se levanta el Príncipe de Paz como un hombre de
guerra. Y Él llama a Sus seguidores a hacer lo mismo.
Ser un
pacificador no significa mostrarse pasivo ante el mal con el fin de evitar
conflictos. Ciertamente, debemos amar a nuestros enemigos y orar por ellos; sin
embargo, amarlos no implica tolerar su maldad. La paz no se preserva cediendo
ante el mal, sino resistiéndolo y venciéndolo. Muchos de los más grandes
pacificadores de la Biblia fueron guerreros designados por Dios. Pensemos en
Josué, David y Gedeón: todos ellos fueron elegidos para confrontar el mal y
librar los conflictos necesarios para establecer una paz (shalom)
conforme a la voluntad divina.
Esta es la
vocación que tenemos como Sus representantes: librar la buena batalla, resistir
al mal hasta que Él regrese y finalmente experimentemos la paz perfecta —Su
paz— para siempre. El Kadish, un texto central del judaísmo que se
recita a diario, captura esta esperanza: “El que hace la paz en
sus alturas haga la paz sobre nosotros, sobre todo Israel y sobre todos los que
habitan la Tierra, y juntos digamos Amén”.
Anhelamos el día
en que el Príncipe de Paz traiga la verdadera shalom, cuando las
espadas se conviertan en instrumentos de arado y la guerra deje de existir.
Hasta ese día, hacemos lo que las Escrituras ordenan: amar a nuestros enemigos
y oponernos al mal.
Por Ilse Strauss
Agosto de 2026
Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz
Revisado por Raquel González – Coordinadora Centro de Recursos
Hispanos
Bibliografía
BibleHub. “Hebrew Lexicon: Shalom (H7965).”
Peace Research Institute Oslo (PRIO). “UCDP Sharp Increase in
Conflicts and Wars.”
Prince, Derek. War in Heaven: God’s Epic Battle with
Evil. Chosen Books, 2003.
Uppsala University. “UCDP: Sharp Increase in Conflicts and
Wars.”

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