Cuidado con la arrogancia
No recuerdo el incidente en específico. No recuerdo las palabras
exactas habladas ni siquiera las caras de quienes las dijeron. Pero sí recuerdo
la sensación.
Recuerdo estar en el patio de recreo de la escuela cuando era
niño y me preguntaba cómo alguien podía ser tan terrible como para hacerme
sentir pequeño sólo para poder sentirse grande. Recuerdo el dolor de ser
menospreciado, disminuido, cómo me hizo sentir menos que los demás —todo para
que otros niños pudieran sentirse superiores a mí—. Es un sentimiento que, una
vez experimentado, nunca te abandona por completo.
Lo que me sorprende ahora, décadas después, es que no fue
necesario que nadie les enseñara a aquellos niños a comportarse así. Ningún
padre les explicó la mecánica de derribar a alguien para sentirse fuerte. Esta
tendencia humana de ensalzarnos a nosotros mismos a costa de los
demás parece surgir de forma natural, instintiva. Y a menos que alguien
intervenga para corregir este comportamiento, para mostrar una mejor forma
de darse valor a uno mismo, es algo que simplemente sigue ocurriendo. El
acosador del patio de recreo crece. Las acciones persisten. Las heridas que
inflige se vuelven más sofisticadas.
La esencia de la arrogancia
He visto esta situación repetirse a lo largo
de toda mi vida. En los lugares de trabajo, donde los
compañeros minimizan las contribuciones de los demás para destacar. En las
iglesias, donde los creyentes critican otras tradiciones porque sienten
que las suyas son mejores. En los círculos de liderazgo,
donde algunas personas inseguras menosprecian a quienes les rodean
para mantener su posición. Y ahora, en nuestra era digital, veo cómo este
mismo comportamiento inunda Facebook, Instagram, YouTube e innumerables
foros en línea, sobre todo cuando alguien publica algo sobre Israel.
La sección de comentarios se ha convertido en un campo de
batalla. El veneno es palpable. Lo que se percibe no es simple
desacuerdo, sino más bien odio. Lo que más me impacta es que muchos de
estos comentarios provienen de individuos que se declaran cristianos,
personas que proclaman el nombre de Jesús (Yeshúa), quienes deberían
estar marcados por el amor, pero que desatan desprecio y condenación. Aún más
preocupante, es que haya teólogos con crecientes plataformas e
influencia que se apresuran en disputar, condenar, y en derribar a
cualquiera que apoye a Israel. Sin embargo, no hay un espíritu de amor en sus
palabras; no hay gentileza, paciencia ni bondad. Solo la fría certeza de
alguien que cree tener la razón y que todos los demás están peligrosamente
equivocados.
Creo que ésta es la esencia de la arrogancia: la necesidad de
enaltecernos a nosotros mismos rebajando a los demás.
Es desgarrador
Es desgarrador que este patrón, que comienza en los patios
de recreo de la infancia, no parezca tener fin. Es muy doloroso ver
cómo infecta nuestras relaciones, nuestras comunidades e
iglesias. Es trágico que tengamos que cargar con las heridas del
menosprecio y con la vergüenza de reconocer que también nosotros hemos
menospreciado a otros. Y es devastador que nos hagamos esto unos a otros,
nosotros, que llevamos la imagen de Dios, nosotros, que estamos llamados
a amar.
Pero quizás lo más desgarrador es cuando esta arrogancia se
adhiere a nuestra fe, cuando usamos la teología como arma para sentirnos
superiores a otros creyentes. Esto es precisamente lo que el apóstol Pablo
anticipó que ocurriría en el primer siglo, y es precisamente contra lo que
advirtió con urgencia e intensidad pastoral. Al escribir a los creyentes
gentiles en Roma, Pablo veía cómo comenzaban a germinar las semillas de una
terrible arrogancia, una arrogancia que enaltecería a los cristianos gentiles
al menospreciar al pueblo judío, el pueblo del pacto de Dios, la raíz misma de
la que había brotado su fe.
En Romanos 11:20, las palabras de Pablo penetran con una
claridad contundente: “No seas altanero, sino teme”.
No seas arrogante. No te engrandezcas. No te enaltezcas
menospreciando al pueblo judío. No olvides de dónde vienes. No olvides lo que
Dios ha hecho por ti. Se temeroso. Ten una conciencia sana y reverente de que
el mismo Dios que cortó las ramas por la incredulidad puede hacer lo mismo
contigo.
Pablo sabía lo mismo que yo aprendí
en aquel patio de recreo: que la arrogancia es algo natural en
nosotros; que no necesitamos que nos enseñen a enaltecernos a costa de los
demás; que a menos que esta tendencia se confronte, se corrija y se sustituya
por algo mejor, contaminará todo lo que toque.
Hoy en día, puedo ver cómo esta misma arrogancia vuelve a
manifestarse. Puedo verla en el auge de las voces dentro del
cristianismo que rebajan, menosprecian e incluso odian al pueblo judío.
Escucho argumentos teológicos que suenan sofisticados, pero que transmiten el
mismo espíritu que sentí en aquel patio de recreo: el de
quien necesita menospreciar a otros para
sentirse superior. Puedo percibir la
convicción, la renuencia a la corrección, la falta del
fruto mismo del Espíritu que debería caracterizar a quienes siguen a Jesús.
Este no es un problema nuevo. Es antiguo. Pero la advertencia de
Pablo es atemporal. Y es una advertencia a la que necesitamos prestar atención
desesperadamente a día de hoy.
Entendiendo la arrogancia bíblicamente
Cuando el apóstol Pablo advirtió a los creyentes gentiles: “No
seas altanero, sino teme” (Rom 11:20), no estaba pensando con una
mentalidad griega. Debemos recordar que Pablo era un fariseo, inmerso en las
Escrituras hebreas, y que probablemente su mente estaba llena de las
advertencias que sus antepasados habían recibido y que con demasiada
frecuencia habían sido ignoradas.
Las Escrituras hebreas usan un lenguaje vívido y poderoso para
describir la arrogancia. La palabra principal es ga'on, que
significa elevarse, engrandecerse o exaltarse a uno mismo. Es la misma raíz que
se usa para la "majestuosidad" de Dios, pero que cuando los humanos
la usan para sí mismos, se vuelve grotesca. Dios declara: «El temor del
Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca
perversa, yo aborrezco» (Pro 8:13). Dios no solo desaprueba la arrogancia;
sino que la aborrece.
Otra palabra hebrea, zadon, significa una arrogancia
presuntuosa, una actitud desafiante ante la autoridad. Se nos advierte: «Por
la soberbia sólo viene la contienda, pero con los que reciben consejos está la
sabiduría» (Pro 13:10). La arrogancia no contribuye a construir comunidad.
La destruye.
Pero el pasaje más instructivo proviene de Deuteronomio 8:11-14,
donde Moisés advirtió a Israel sobre la prosperidad: «Cuídate de no olvidar
al Señor tu Dios… que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas
construido buenas casas y habitado en ellas… entonces tu corazón se
enorgullezca, y te olvides del Señor tu Dios que te sacó de la tierra de
Egipto de la casa de servidumbre».
Este pasaje usa la frase hebrea rum levavkha o
"tu corazón se enorgullece". Esta es la anatomía de la arrogancia:
bendición recibida, crédito atribuido, Dios olvidado. Cuando el corazón se
enorgullece, la memoria se olvida de haber sido un esclavo, de haber sido
rescatado y de que todo fue por la gracia.
Los sabios judíos comprendieron este peligro. El Talmud (comentario
rabínico sobre la tradición judía y las Escrituras hebreas) enseña: “Quien
alberga arrogancia es como si adorara ídolos” (Sotah 4b). La arrogancia
equivale a idolatría porque la persona arrogante se coloca a sí misma en el
lugar que solo le pertenece a Dios. Maimónides escribió: “El orgullo es el
peor de todos los rasgos malignos... Quien es arrogante niega el principio
fundamental de la fe” (Hiljot Deot 2:3).
Esto es lo que Pablo tenía en mente cuando advirtió a los
creyentes gentiles que no fueran arrogantes con Israel. Sabía que la arrogancia
siempre comienza con olvidar la gracia, de dónde venimos y quién nos sostiene.
Y sabía que la arrogancia hacia el pueblo del pacto de Dios no era solo un
error relacional, sino una catástrofe teológica.
Era, en palabras de los sabios, lo mismo que adorar ídolos.
Jesús y el corazón arrogante
Jesús habló con frecuencia sobre la arrogancia, aunque a menudo
se refería a ella de otra forma. Un ejemplo es la parábola dirigida
específicamente a “unos que confiaban en sí mismos como justos y
menospreciaban a los otros” (Lucas 18:9). El fariseo puesto en pie, oraba,
“Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores,
injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Lucas
18:11). Mientras tanto, el recaudador de impuestos ni siquiera podía alzar los
ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios, ten piedad de
mí, pecador!” (Lucas 18:13).
La conclusión de Jesús fue devastadora: «Les digo que este
descendió a su casa justificado pero aquel no; porque todo el que
se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido»
(Lucas 18:14). El corazón arrogante necesita a alguien a quien menospreciar,
así que el fariseo se atribuía la justicia al compararse con los demás. Esta es
la esencia de la advertencia de Pablo en Romanos 11.
Jesús enseñó este principio repetidamente. Declaró: «Cualquiera
que se engrandece, será humillado, y cualquiera que se humille, será
engrandecido» (Mat 23:12). El reino de Dios opera con una economía
completamente opuesta a la del mundo y a nuestras inclinaciones naturales.
Pablo se hace eco precisamente de este principio en
su advertencia a los creyentes gentiles: «No seas arrogante para con
las ramas. Pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la
raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti... No seas altanero, sino
teme» (Rom 11:18, 20).
Los creyentes gentiles corrían el peligro de convertirse en
fariseos, agradeciendo a Dios por no ser como aquellos judíos
incrédulos. Habían sido injertados en el olivo por gracia mediante la fe, pero
algunos comenzaban a sentirse superiores a aquellos en cuyo árbol habían
sido injertados. Estaban olvidando la raíz que los sostenía.
El antídoto contra la arrogancia
Si la arrogancia es la enfermedad, la humildad es la cura. La
humildad bíblica no es autodesprecio ni falsa modestia, sino simplemente vernos
a nosotros mismos con sinceridad a la luz de la gracia de Dios.
Pablo continúa en Romanos 12:3: “Porque en virtud de la
gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de ustedes que no piense de sí
mismo más de lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la
medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno”. Nos mantenemos firmes por
la gracia mediante la fe. Esa es la verdad contundente.
Santiago nos recuerda: «Dios resiste a los soberbios, pero da
gracia a los humildes» (Santiago 4:6). No se trata de una simple
preferencia. Dios resiste activamente a los soberbios. La palabra griega
significa “prepararse para enfrentarse en la batalla”. En contraste, Él derrama
gracia sobre los humildes.
¿Cómo se manifiesta la humildad en la práctica? Pablo responde:
“No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud
humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí
mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses
de los demás” (Fil 2:3-4).
Observa el enfoque: los demás. La humildad no se obsesiona con
demostrar que tiene razón ni con elevarse por encima de los demás. La humildad
mira hacia afuera. Honra. Sirve. Ama.
Y el amor, nos dice Pablo, “no es jactancioso, no es
arrogante” (1 Cor 13:4b). El amor es el antídoto definitivo contra la
arrogancia, porque el amor genuino no puede coexistir con un corazón que
necesita menospreciar a los demás.
Cuando se trata de Israel, esto significa que debemos hablar con
honor, servir con gratitud y recordar, siempre, la raíz que nos sostiene.
Elegir un camino mejor
Al reflexionar sobre aquel incidente en el patio de recreo de
hace tantos años, me doy cuenta de algo que no entendía de niño: tenemos una
opción. El hábito de exaltarnos a nosotros mismos al menospreciar a los demás
puede ser natural, pero no tiene que definirnos. Dios ofrece un camino mejor.
La arrogancia es un peligro espiritual, no solo un defecto
de la personalidad. Cuando somos arrogantes hacia Israel, o hacia
cualquiera, nos colocamos a nosotros mismos en el lugar en que solo Dios
debe estar.
La verdad es que nos mantenemos firmes por gracia, solo mediante
la fe. Fuimos injertados como ramas silvestres en un árbol cultivado. La raíz
nos sostiene; nosotros no la sostenemos. Los dones y el llamado de Dios a
Israel son irrevocables (Rom 11:29). Cuando ignoramos a Israel, ignoramos el
carácter de Dios.
En definitiva, el antídoto es el amor que honra en lugar de
menospreciar. Recuerdo a aquel niño en el patio de recreo, herido por la
necesidad de otro de sentirse superior. Esa herida me enseñó algo valioso: las
personas importan. Cómo las tratamos importa. Y en la economía de Dios, el
camino hacia arriba es hacia abajo. El camino a la exaltación pasa por el valle
de la humildad.
La advertencia de Pablo todavía resuena: «No seas altanero,
sino teme»
Debemos prestarle atención. Debemos elegir la humildad. Debemos
honrar la raíz que nos sostiene.
Y nunca olvidemos que todo es por gracia.
BRIDGES FOR PEACE
Por Rvdo. Patrick Verbeten - marzo de 2026
Traducido por Robin Orack – Voluntaria en Puentes para la Paz
Revisado por Ara Sainz – Voluntaria en Puentes para la Paz
Bibliografía
Brown, Francis, S.R. Driver, and Charles A. Briggs. The
Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon. Peabody, MA: Hendrickson
Publishers, 1996.
Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson,
1982.
Maimonides, Moses. Mishneh Torah, Hilchot De’ot (Laws
of Character Traits).
Thayer, Joseph Henry. Thayer's Greek-English Lexicon of
the New Testament. Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1996.
The Babylonian Talmud, Tractate Sotah. Translated by the Soncino
Press.

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