El perdón no niega la herida...la transforma
Perdonar no se trata solo de un sentimiento pasajero, sino de una decisión que muchas veces nace en medio del dolor más profundo.
Pedir Perdón a
Nuestro Padre. Todo comienza con el perdón de
nuestro Padre porque de ahí fluye todo lo demás. Pedirle perdón a Dios, ya sea
porque en nuestro quebranto muchas veces lo hemos cuestionado, lo hemos culpado
en silencio o lo hemos dejado de buscar.
Queremos
respuestas, pero la rendición sana aún más. Rendirnos ante Él y reconocer que
necesitamos su perdón, no es un paso opcional; es el mayor paso de sanidad para
que seamos restaurados.
Perdonarte a Ti
Mismo. Lo más difícil al inicio de la restauración
de Dios en mi vida, fue perdonarme a mí misma por haber apartado mi mirada de
Él, a pesar de la hermosa relación que teníamos desde mi niñez. Ahí es
precisamente donde el enemigo quiere que te quedes, en el suelo del dolor, la
culpa y la autocompasión.
Cuando eliges
perdonarte, reconoces que la Cruz de Cristo ya pagó el precio y que no eres
definido por tus tropiezos, sino por el amor de Aquel que nunca te soltó.
Perdonar a los
Demás. Mientras confrontamos un proceso de
enfermedad, a veces podemos ser heridos por otros y no necesariamente
intencionalmente. Esto muchas veces provoca el aislamiento, ya sea por las
palabras que nos hieren, los juicios apresurados o la incomprensión.
Quizás fuiste
presionado por otras personas que, aunque con buenas intenciones, te forzaban a
estar siempre “fuerte”. Por otro lado, están quienes insisten en que solo eres
el reflejo de una fe débil o que todo está en tu mente.
Tampoco faltarán
quienes usen versículos en tono acusador, asegurando que tu situación es por
pecados ocultos o por haber dado “legalidad” al enemigo. Si la enfermedad que
padeces tampoco es visible externamente, multiplica por dos cualquiera de las
acusaciones.
Como resultado,
cargas también con el peso del señalamiento de quienes no entienden. Los que
hemos estado ahí, sabemos el dolor en silencio que provocan esos ejemplos
lacerando lentamente el corazón.
En algunos
casos, te tocará discernir cuándo mantener distancia es inevitable. Esto es, si
persisten en un patrón que se ha convertido en un dardo del enemigo, sin que
ellos mismos se hayan dado cuenta. Sea cual sea el caso...decide
perdonar.
El perdón es
medicina: libera cadenas invisibles, sana las heridas y nos permite reenfocar
la mirada en Cristo.
Job, después de
ser juzgado y señalado por sus amigos, oró por ellos y encontró restauración.
¡Hay libertad y sanidad en el perdón!
Por último, la
Palabra también enseña: “¡ay del solo! que si cae, no habrá segundo que lo
levante” (Ecl. 4:10). No cierres tu corazón para rodearte de relaciones de
pacto. Dios usa vínculos en la familia y amistades maduras en la fe para
corregirnos y levantarnos.
Reflexiona
¿Necesitas
pedirle perdón a Dios por haberlo culpado, dudado de Él o alejarte de su
presencia?
¿Hay algo por lo
que debas perdonarte a ti mismo?
¿A quiénes
necesitas perdonar para no seguir cargando un peso invisible?
Oración
Señor, hoy
decido dar un paso de fe y restauración al perdonar. La libertad y la paz que
me darás, iniciarán un proceso de transformación en mi vida y ya no seré el
mismo. Ayúdame a que cada vez que confronte situaciones relacionadas con mi
enfermedad, no reaccione de la misma manera.
Que tu perdón y
la llenura de tu Espíritu Santo me renueven hasta que mi corazón pueda volver a
amar incondicionalmente, como el amor que describes en 1 Corintios 13. Haz de
mi vida un reflejo de ese amor que sana, restaura y da esperanza aún en medio
del proceso. En tu nombre Jesús, amén.
Fuente:
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